Presentación
Y aquí estoy. Cincuenta y dos primaveras, algunas con alegrias, otras con tormenta eléctrica, sentada frente al computador, intentando que las ideas hagan fila india y salgan de esta cabeza que funciona como feria libre un sábado en la mañana: mucho ruido, oferta variada y cero orden.
Partamos por el principio, porque si parto por el final capaz que me pierda.
Hija mayor de un matrimonio feliz (sí, de esos que existen y no son mito urbano), con una sola hermana que, en un acto de inteligencia suprema, agarró sus cosas y se fue a hacer su vida a la Patagonia. Sospecho que vio venir algo y dijo: “Yo paso”. Igual la quiero un montón.
Tengo tres hijas, frutos de un matrimonio no tan feliz. Pero como diría cualquier madre agradecida, y ligeramente agotada, ellos son lo mejor de mi vida… casi siempre. Hay momentos en que una los mira y piensa: “¿En qué minuto autoricé este caos?”, pero después sonríen y una se derrite como helado al sol.
“Aguanté” trece años de matrimonio. Trece. Número cabalístico si los hay. Hasta que un día, en un arranque de rebeldía contra mí misma (porque una siempre pelea consigo antes que con el resto), dije: “Hasta aquí llegamos”. Y se acabó todo. O más bien, empezó todo. Porque el final de algo es como cuando se corta la luz: al principio asusta, pero después una encuentra la linterna.
Lo que vino fue un sube y baja emocional digno de parque de diversiones: decisiones apresuradas, lágrimas dramáticas, risas inesperadas, cuentas por pagar, y tres cabras chicas mirándome como diciendo: “Mamá, ¿tenías un plan?”.
No, hijas. No lo tenía. Pero lo inventé.
Fue un tremendo salto. Sin red, sin manual, sin tutorial de YouTube. Pero hacia adelante. Porque desde ese día empecé a florecer. Así, como planta media desordenada pero firme. Y de paso bajé quince kilos. No por dieta milagrosa, sino por la dieta “separación express”: ansiedad, trámites y pura supervivencia. No la recomiendo, pero es efectiva.
Después vino el momento adulto-responsable: sentarse a pensar.
¿Pa’ dónde vamos?
¿Qué hacemos?
¿Cómo lo hacemos sin vender un riñón?
Entre buenas decisiones y otras que mejor no comentar en horario familiar, la vida se fue acomodando. Como esos cajones que uno ordena a medias: no perfectos, pero funcionales. Y hoy, diecisiete años después de ese terremoto personal, todo va bastante parejito. No plano, porque eso sería fome, pero estable. Y eso ya es un lujo.
¿Y por qué estoy escribiendo?
Porque he vivido tantas cosas buenas, malas, absurdas y gloriosamente ridículas, que necesito dejarlas por escrito antes de que la memoria haga lo suyo y empiece a borrar archivos sin previo aviso. Porque quiero tambien sacar de esta cabeza algunas cosas que pienso, analizo y no verbalizo.
Quiero que mis hijas lean esto cuando yo esté vieja y medio loca, más de lo normal, y digan: “Ah, con razón”.
Y si en el camino alguien más se cruza con estas historias de una mujer madura pero wena, como hay miles en este largo y angosto país, y se ríe un poco, se reconoce un poco, o se sirve una copa mientras lee… misión cumplida.
Porque si algo he aprendido en estos cincuenta y dos años es que la vida no se entiende: se sobrevive, se reinventa y, si se puede, se cuenta con humor. Aunque sea para que no parezca tan caótica como realmente es.
Salud!!🍷
No: 2026-A-5554



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