Manual para fracasar con estilo




 Llega un momento en la vida en que una ya no está para soñar con lo que será, sino tratando de entender qué hacer con todo lo que ya soy… y con todo lo que me duele. Y en medio de esa mezcla de reflexión profunda y decisiones bastante cuestionables, surge la iluminada idea de buscar un hobby. Como si una tuviera disciplina, tardes libres y articulaciones recién salidas de fábrica.

Partí con la jardinería. Porque Pinterest me convenció de que podía tener un pequeño oasis en el patio. Esto incluía pasto en rollos, rastrillo y mucho sudor, Compré suculentas, porque dicen que son fáciles. Tres murieron. Una sobrevivió... apenas. Yo, en paralelo, desarrollé una relación disfuncional con la regadera y una ansiedad nueva al desarmar bloques de fibra de coco.

Después vino mi etapa runner. Me compré zapatillas que costaban lo mismo que una pequeña herencia familiar, bajé una app que me hablaba con entusiasmo y salí a trotar como si alguien me estuviera siguiendo… Me uní a un par de señoras que por lo visto estaban en la misma que yo. Duré exactamente cinco días. El sexto, entre calambres y dolores varios me rendí.

Probé con la acuarela. Muy contemplativo, muy zen, muy “conecta con tu yo interior”. Mi yo interior resultó ser una mezcla de ansiedad y falta de pulso. Mis flores parecían manchas con crisis existencial. Pero debo decir que hay algo terapéutico en ver cómo el agua se lleva tu intento de control.

La pesca normal y con mosca fue un momento de delirio. No sé en qué minuto pensé que yo, que no tengo paciencia para esperar que cargue un video, iba a disfrutar estar horas en silencio esperando que un pez decidiera cooperar. Partí con toda la parafernalia, intentando poner carnada en un asuelo, con cara de “yo sé lo que hago”. El primer obstáculo: el gusanito. que asco!!!... se mueve y no se queda agarrado al anzuelo... vamos con la mosca!!, que por lo menos no está viva y no me mira feo.... Después, como era de esperarse, la mosca terminó enredada en el árbol de atrás, luego en una piedra en medio del río, porque obviamente la chuntería tampoco es lo mío, y yo ahí, fingiendo dignidad. Me enredé con la línea tres veces, me pinché con el anzuelo, y terminé conversando con un señor que llevaba 20 años pescando y aún no pescaba nada. Una lección de vida, supongo.

El tejido parecía una opción segura. Emulando a una eximia tejedora familiar, mi hermana. Algo tranquilo, productivo, incluso útil. Empecé una cosa de esas que se ponen a los pies de la cama, simple y rectangular.... Llevo ocho meses y mide 12 centímetros. Pero tiene carácter. Y errores. Muchos errores. Como yo.

También coqueteé con otras posibilidades:
– Cerámica, donde descubrí que la arcilla tiene más personalidad que una y que seguro no quiero limpiar ese desastre otra vez.
– Cocina “saludable”, que terminó en un queque sin azúcar, sin gluten, sin sabor y sin dignidad. y aún sigo intentando el pan de lentejas.
– Fotografía, donde aprendí que sacar fotos bonitas requiere algo más que buena intención y una cámara semi buena... 

Y aquí estoy, probando, fallando, riéndome un poco, frustrándome otro poco. Porque elegir un hobby a esta altura no es solo llenar el tiempo: es una forma elegante de decir “todavía quiero descubrir cosas”, aunque el cuerpo alegue y la paciencia no siempre acompañe.

Al final, creo que mi verdadero hobby es ese: intentar cosas distintas. Cambiar de idea. Volver a empezar. Y aceptar que una puede ser mala en muchas cosas… pero constante en reírse de sí misma.

Que no es poco.

Salud🍷

                                                                                                                                         No: 2026-A-5554    

Comentarios

Entradas populares