Cuando el colágeno no es tan bueno


 Alguien dijo por ahí —y lo recuerdo como si fuera consejo de cosmetóloga entusiasta—:

“Ese pendejo es vida, es colágeno, es elastina inyectada directamente.”

Y yo pensé: maravilloso, ¿dónde firmo?

Bueno… no sé si tengo mala suerte, mal ojo clínico o simplemente un gusto discutible, pero mi experiencia con un ejemplar joven fue más bien… educativa. Por decirlo con elegancia.

Todo comenzó después de mi separación, cuando un coqueteo inocente empezó a escalar con entusiasmo. Mensajitos simpáticos, llamadas nocturnas, risas cómplices. De pronto, sin darme mucha cuenta, estaba participando en mi propio experimento sociológico: “Mujer de 34 descubre que todavía puede”.

Él tenía cara de adulto responsable. Discurso interesante. Seguridad aparente. Mucho después supe que yo le llevaba diez años. Diez. Yo 34, él… con carnet más reciente.

Pero al principio todo fue entretenido.
Conversaciones eternas.
Mensajes entre dulces y atrevidos (con prudencia literaria).
Expectativa.

Y cuando la historia avanzó… avanzó con energía juvenil desbordada.

Digamos que sus demostraciones de entusiasmo eran intensas. Muy intensas. Nivel entrenamiento olímpico. Cero pausas estratégicas, ninguna planificación táctica, puro ímpetu. Yo quedaba con sensación de haber hecho sesión doble de gimnasio. Bajaba la escalera con dignidad, pero afirmándome del pasamanos.

Ahora bien, después de varios años de vida bastante tranquila en ese ámbito, no voy a negar que el entusiasmo tenía su gracia. Una se sentía viva. Renovada. Con brillo.

El problema fue que el brillo venía con letra chica.

De pronto, el joven colágeno empezó a llegar a mi casa con dramas familiares:
Que la hermana lo mira feo.
Que la mamá no lo comprende.
Que el papá esto, que aquello.

Un día me di cuenta de que llevaba dos días instalándose como si mi casa fuera extensión natural de la suya. Yo esperaba ese momento mágico en que alguien dice: “Bueno, me voy”. Pero no. Se acomodaba. Traía cosas para la once. Se integraba a mis reuniones con amigos. Y, para completar el cuadro, comenzaba a animarse un poco antes de que empezara siquiera la junta.

Ahí entendí que el entusiasmo físico no compensa la inmadurez emocional.

Así que hice lo razonable: puse límites.
Le dije que mi casa volvía a ser mi espacio. Que si nos veíamos, sería afuera.

Y entonces comenzó el capítulo dramático.

Un viernes, mientras tenía invitados, mi teléfono decidió convertirse en central de emergencias. Llamadas y más llamadas. Más de cien. Cada una con una nueva catástrofe: que se sentía mal, que había tenido un susto, que casi le pasaba algo terrible.

De madrugada, una llamada de número desconocido: había chocado el auto —que su papá estaba pagando— contra un camión estacionado. De fondo, voces alteradas y llanto.

Confieso que, después de verificar que seguía con vida, colgué… y me volví a dormir. A cierta edad, el descanso es sagrado.

Al día siguiente apareció en mi puerta. Con parches. Con vendas. Y llorando. Pero llorando en serio.

Y detrás de él, su mamá y su hermana, tocando el timbre para preguntar por qué el “niño” no quería volver a casa.

Respiré profundo. Abrí la puerta. Sonreí con educación diplomática.

—Señora, aquí está. Enterito. Lléveselo con cuidado… y quizás conversen algunas cositas pendientes.

Cerré la puerta con llave mientras escuchaba desde adentro un “¡Pero mamáaaaa!” que resumía toda la experiencia.

Fue mi primera historia después de la separación.
Y fue, sin duda, de las más peculiares.

Moraleja: el colágeno puede ser tentador…
pero siempre es bueno revisar la fecha de madurez antes de entusiasmarse demasiado.

Salud!!🍷

No: 2026-A-5554

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