Llegó el bendito Facebook
La llegada de Facebook —esa red social que por fin entendí sin tener que llamar a mi hermana en la Patagonia para que me hiciera tutorial— coincidió sospechosamente con el estreno oficial de mi Soltería 2.0, versión mejorada, sin marido pero con WiFi. Tenía 33 añitos. Una guagua digital, prácticamente.
¡Puta que era entretenido empezar a buscar gente conocida!
Ex compañeros de curso, amigos de la población, ex pololos, enemigos públicos declarados… todos ahí, exhibiendo su vida como vitrina de mall. Matrimonios felices (según ellos), guaguas hermosas (todas iguales), viajes espectaculares (pagados en 48 cuotas). Y yo mirando todo con la elegancia de una señora que dice “solo voy a sapear un ratito” y termina tres horas después sabiendo quién se divorció, quién se injertó pelo y quién vende cremas milagrosas.
La vieja copuchenta que vivía dentro de mí hizo un picoteo, se preparó unas margaritas, se arremangó frente al computador y dijo: “Ahora sí, cabras, comenzó la temporada”.
Y empezaron las solicitudes.
En una semana ya era experta en:
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Publicar frases inspiradoras que no inspiraban ni a mi gato.
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Subir la mejor foto donde estratégicamente no se veían ni arrugas ni el rollo traicionero.
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Tirar chistes intelectuales que solo yo entendía.
Y, por supuesto, los míticos “toques”.
Mandé hartos. Más que hartos. Era mi versión elegante de decir “hola, existo”.
También estaban los mensajes “accidentales”:
—“Hola!”
—“¿Cómo estai?”
Y cuando respondían, yo:
—“Uy, perdón, me equivoqué de chat, no era para ti.”
Truco más viejo que el hilo negro, pero oye… a veces funcionaba. Y cuando no, una dignidad fingida y a seguir scrolleando.
Ese chat se prestaba para todo. Y cuando digo todo, es TODO.
Un día, impulsada por la soltería, los recuerdos y la peligrosa combinación de nostalgia + foto de perfil favorecedora, cometí una de esas declaraciones que deberían pasar por control aduanero antes de enviarse.
El cabro que me gustaba en el colegio estaba… pero regio. Mejorado con los años. Como vino caro.
Y se me soltó la mano.
Le escribí que me gustaba más que la cresta.
Que si me hubiera mirado en el colegio, otro gallo cantaría.
Que siempre le tuve unas ganas históricas acumuladas desde segundo medio.
Una declaración absolutamente innecesaria.
Pero una estaba soltera, emocionada y ligeramente arriba de la pelota por estos reencuentros virtuales. Motivada de más, como siempre.
Entre cagadas digitales y aciertos estratégicos, empezamos a reencontrarnos con los compañeros del colegio. Y lo que partió como “deberíamos juntarnos algún día” terminó en junta real. Éramos cinco. Los más prendidos. Los más dañados, probablemente.
Yo tenía la casa disponible casi todos los fines de semana porque mis hijos se iban con su papá. Y sin querer queriendo… mi casa se transformó en la sede oficial del weveo.
Entre los cinco empezamos a ubicar a más compañeros. Y todos querían carrete.
Y yo, que estaba viviendo la vida loca por primera vez sin permiso de nadie… feliz.
La primera junta grande fue épica. Como 30 personajes. Cuota y nos vamos a un local con comida y pista de baile, porque si íbamos a recordar, íbamos a recordar bailando.
Los que vivían fuera llegaron el viernes a mi casa. Obvio. Previa anticipada. Conversaciones hasta por los codos. Historias repetidas tres veces porque ya había copete involucrado.
En el carrete apareció:
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El flojo de la clase, agrandado, hablando de sus viajes y su “carrera de Chef”. Resultó ser planchero en una picá de sanguches. Ídolo igual.
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El califa oficial, haciendo puntos descaradamente.
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La matea que se sabía la lista completa del curso en orden alfabético y llegó con anuarios, álbumes y pruebas archivadas como si fuera el FBI escolar.
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La acontecida, a la que siempre le pasaba algo terrible. Y sigue igual. Constante en la vida.
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El gordito que ahora era flaco.
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El chico que ahora era alto.
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El moreno que había blanqueado misteriosamente.
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El desordenado que ahora era señor serio de educación, pero con la misma cara de “vamos a dejar la cagá”.
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El que nadie pescaba y que, fiel a su estilo, se sentó en un rincón a reírse en silencio.
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La que se casó con el compañero… separada, obvio, si desde el colegio vivían agarrados del moño.
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Una compañera que hasta hoy no sabemos quién era. Sospecho que se coló.
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Y el que hablaba toda la clase, candidato eterno al centro de alumnos… ahora concejal. Claramente nació para eso.
Éramos un zoológico emocional.
Nos reímos, bailamos, pelamos, comimos, tomamos. Lo pasé increíble.
Y fue la primera vez desde que me casé y separé que estaba con gente porque yo quería estar. Con mis “amigos”.
Sí, ya sé que no eran amigos-amigos. Pero en ese momento se sentían familia. Familia con copete y recuerdos compartidos.
De esa junta nació un staff permanente organizador de carretes. Cada jueves era sagrado:
—¿Qué hacemos mañana?
—¿Qué se teje para el finde?
—Ya poh Clau, organízate algo.
Y obvio… en mi casa. La sede.
Así pasaron seis meses gloriosos.
Cada viernes y/o sábado, el staff estable más artistas invitados. Si aparecía un ex compañero nuevo, ameritaba junta. Y si no aparecía nadie, igual nos juntábamos.
Picoteo humilde: papas fritas con salsas misterio, licores sobrevivientes de carretes anteriores, piñas coladas improvisadas, roncitos generosos… y Black Jack con porotos, porque somos adultos responsables.
Fue un periodo de reencuentros, pequeñas locuras, ojeras permanentes y agotamiento físico extremo. Pero con el corazón llenito.
Porque a veces una no necesita estabilidad…
necesita música fuerte, amigos reciclados y la sensación deliciosa de estar, por fin, viviendo la historia que una misma eligió escribir.
Salud!!🍷
No: 2026-A-5554




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