No Juzgues antes de probar


 

Era 2014, casi 2015, y yo —mujer moderna, curiosa y con WiFi estable— descubrí una aplicación que era básicamente un catálogo humano. Un vitrineo digital. Tú deslizas para la derecha si te gusta, para la izquierda si no. Así de simple. Como elegir palta en el súper, pero con abdominales.

En una de esas tardes de “a ver qué ofrece el mercado”, apareció él.
Fotos sin polera en Indonesia.
Otra a caballo (siempre suma puntos el caballo).
Otra en la playa, creo… no recuerdo bien, pero en mi cabeza había arena, sol y bronceado estratégico.

Guapo. Pelo medio canoso. Interesante. De esos que una mira y dice: “Bueno, este señor sí que se ve bien.”

Le di “like” con seguridad moderada.
Y de repente… mensaje.
También le habían gustado mis fotos.

Y comenzamos la conversación clásica del manual universal del chat:
—¿Dónde vives?
—¿A qué te dedicas?
—¿Tienes hijos?
—¿Qué buscas aquí?

El interrogatorio romántico estándar.

Pasaron un par de semanas. Se acercaban las fiestas de fin de año y, por logística familiar, mis hijos pasaban una de ellas con su papá. Resultado: yo, año nuevo en soledad, con pijama glamoroso y cero panorama.

El 1 de enero, temprano, empezamos a chatear. Ya habíamos intercambiado fotos extra —una nunca sabe— y todo coincidía. El personaje parecía auténtico. Buen material.

Al mediodía me llama.
—¿Qué estás haciendo?

Nada. Absolutamente nada. Era 1 de enero. La calle vacía. Yo sin plan y con café recalentado.

Y lanza la bomba:
—¿Nos juntamos? Puedo tomar un bus ahora.

Quedé helada.
Pero después pensé: estoy sola, no tengo nada mejor que hacer, psicópata no parece… y si en algún momento me iba a juntar con él, el lugar más seguro era mi casa.

Así que, con esa mezcla de audacia y falta de supervisión adulta, le dije que viniera. Que me llamara cuando llegara y ahí le daba la dirección. Eso me daba una ventana de escape por si entraba en pánico.

Dos horas después, suena el teléfono. Le doy la dirección.
Me paro en la ventana. Aún estaba a tiempo de arrepentirme.

Llega un auto.
Se baja… un muchacho.
Pero muchacho-muchacho.

Pequeñito. Compacto. Versión ahorro de espacio.

Esperé que tocara el timbre para no parecer ansiosa. Abro la puerta… y efectivamente me llegaba al hombro. Lo hice pasar. Se sentó en el living y sus pies quedaban colgando del sillón con una ternura involuntaria.

Mientras hablábamos trivialidades, mi cerebro hacía inventario:
Antebrazo… cortito.
Piernas… cortitas.
Dedos… versión mini.
Mocasines talla discreta.

Y yo pensando: “¿En qué minuto no pregunté la estatura?”

Pero ya estaba ahí. No tenía argumento elegante para decir “¿sabes qué? mejor no”. Así que respiré profundo y decidí enfrentar la experiencia con espíritu científico.

Y solo puedo decir esto: ese hombre era un profesional.
Un verdadero crack.

La energía, la creatividad, la destreza… yo no alcanzaba a procesar una maniobra cuando ya venía la siguiente. Vueltas, giros, estrategias que hasta el día de hoy no he vuelto a experimentar. Compacto, sí. Pero de alto rendimiento.

Después de aproximadamente una hora, logré recomponerme y regresar al living con dignidad recuperada.

Le ofrecí una colita de mono —porque era Año Nuevo y una es educada— y lo mandé de regreso a su casa como quien despide a un atleta olímpico después de una competencia memorable.

Aún lo recuerdo.
Y recuerdo que le hacía tremendo honor a su profesión: tenía una empresa de limpieza de alfombras.

Y créanme… dejó todo impecable.

Salud!!🍷

No: 2026-A-5554

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