Pareja Estable o Libertad
A cierta edad una empieza a sospechar que las decisiones importantes de la vida nunca fueron tan simples como nos las contaron.
Por ejemplo, la pareja estable. Durante años parecía el objetivo oficial del juego. Como si la vida viniera con instrucciones implícitas: estudiar, trabajar, enamorarse, encontrar a “la persona”, construir algo estable, y vivir felices para siempre… o al menos razonablemente organizados.
Lo curioso es que nadie menciona que, después de los cincuenta, ese concepto empieza a ponerse un poco borroso.
Porque una ya ha visto varias versiones de la historia.
Está la pareja estable que funcionó… hasta que dejó de funcionar. La opción los míos, los tuyos y todos juntos tampoco funciona, por lo menos en mi caso. La que parecía perfecta desde afuera y resultó ser una especie de empresa en quiebra emocional. La que sobrevivió a todo y ahora se parece más a una sociedad comercial que a una película romántica.
Y también está la otra posibilidad. La libertad. Que cuando una tenía veinte sonaba a algo trágico, casi sospechoso. Como si una mujer sin pareja fuera una especie de proyecto inconcluso.
Pero resulta que la libertad, vista desde los cincuenta, tiene un encanto bastante interesante.
Por ejemplo: nadie discute contigo por el control remoto (tema liviano, cliché pero importante). Nadie cuestiona por qué hay queso, aceitunas y una copa de vino como cena perfectamente aceptable un martes por la noche. Y lo más importante: el silencio en la casa deja de ser triste y pasa a ser… glorioso!!.
Claro que la libertad también tiene sus trampas. Porque de vez en cuando aparece alguien interesante. Uno de esos hombres que hacen que una recuerde que el corazón u otros organos todavía tiene opiniones propias.
Entonces empieza el pequeño dilema interno. ¿Vale la pena volver a intentar la famosa pareja estable?
La mente adulta hace cálculos prácticos: compatibilidad, paciencia, horarios, manías, tolerancia mutua. El corazón, en cambio, funciona como siempre: con muy poco sentido común. Y ahí estoy yo, a veces sentada con una copa de vino, reflexionando sobre este curioso punto de la vida donde las opciones no son tan dramáticas como antes. Porque ahora sé algo que a los veinte nadie me explicó. La pareja estable no es un premio que te entregan al final del camino y la libertad tampoco es una condena, son simplemente dos estilos de vida posibles.
Algunas mujeres eligen compartir la rutina, las discusiones por la temperatura de la casa y el eterno debate sobre qué ver en la televisión. Otras elegimos la paz doméstica, la cama atravesada en diagonal y la maravillosa posibilidad de decidir absolutamente todo. Y algunas, las más realistas, entendemos que ambas cosas pueden coexistir.
Una pareja que no quite libertad. Una libertad que no cierre la puerta al amor.
Aunque, siendo completamente honesta, después de cierta edad hay un criterio muy claro para evaluar cualquier relación potencial. No es la química, no es la estabilidad, ni siquiera es el romanticismo, es algo mucho más simple. Que esa persona entienda algo fundamental sobre la vida después de los cincuenta: que a veces una quiere conversación profunda…y otras veces solo quiere sentarse tranquila, mirar el mundo pasar
y terminar la botella de vino en paz.
Salud!!!🍷
No: 2026-A-5554



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