Ser la mujer que esperan… sin dejar de ser yo (o al menos intentarlo)
Hay una edad, digamos después de los 50, cuando la paciencia baja y la lucidez sube peligrosamente, en que una empieza a notar algo curioso: durante décadas trató de ser la mujer que se supone debía ser. Y en medio de ese intento, bastante agotador por cierto, quedó pendiente una pequeña tarea secundaria: descubrir quién diablos era una misma.
Porque la sociedad, que es muy organizada para repartir expectativas ajenas, tiene una lista bastante clara. La mujer debe ser profesional, pero no demasiado obsesiva con su carrera porque entonces “descuidó la familia”. Debe ser madre dedicada, de esas que recuerdan el disfraz del acto escolar, la colación saludable y además tienen la sabiduría emocional de un terapeuta suizo. Todo mientras trabaja, claro. Porque si no trabaja, entonces “depende de....”.
También se espera que sea buena pareja. Amorosa, comprensiva, interesante, con conversación, con paciencia y ojalá con buen humor incluso cuando el otro deja los calcetines en el lugar exacto donde jamás deberían estar. Pero ojo: si no tiene pareja, tampoco hay problema… siempre que sea una soltera equilibrada, autosuficiente, feliz, emocionalmente estable y, por supuesto, que no parezca que está esperando algo. Es decir, soltera, pero con elegancia filosófica.
A eso hay que sumar el pequeño detalle de la estabilidad emocional. Una mujer madura debe ser equilibrada, sabia, centrada. Algo así como un Buda con agenda llena. No se puede enojar demasiado, ni llorar demasiado, ni perder la compostura, porque entonces aparece el clásico comentario: “a esta edad ya debería estar más tranquila”. Como si los años trajeran un manual de serenidad incluido.
Y luego está la versión saludable de una misma. Porque además de todo lo anterior, la mujer de esta etapa debe comer sano, meditar, hidratarse, dormir ocho horas, tener vida social, practicar algún deporte y, si es posible, lucir como alguien que nunca ha tenido estrés, hijos adolescentes ni cuentas que pagar. Una especie de equilibrio perfecto entre yogui, atleta y adulta funcional.
Así que una se encuentra, a los cincuenta y tantos, haciendo un pequeño inventario vital. Profesional: más o menos. Madre: sobreviviente con honores. Pareja: en proceso, en pausa o en reconstrucción, dependiendo del capítulo del mes. Emocionalmente estable: algunos días sí, otros días necesito chocolate y silencio. Sana y ejercitada: bueno… digamos que lo intento con dignidad.
Y en medio de todo ese esfuerzo por cumplir versiones mejoradas de lo que una “debería ser”, aparece una pregunta bastante incómoda: ¿y cuándo exactamente se suponía que iba a descubrir cómo ser simplemente yo?
Porque lo curioso de llegar a esta edad es que uno ya no tiene tanta energía para actuar personajes permanentes. La tolerancia al absurdo baja, la honestidad sube y el sarcasmo se vuelve un mecanismo de supervivencia bastante eficiente.
Tal vez el verdadero desafío de esta etapa no es convertirse en la mujer perfecta que todos esperan. Tal vez es algo mucho más subversivo: seguir probando versiones de una misma, equivocarse con estilo, reírse del manual social y, entre ensayo y error, ir juntando experiencias como quien colecciona historias en una caja medio desordenada.
Después de todo, si algo he aprendido es que a los cincuenta uno todavía está buscándose. Solo que ahora lo hace con menos culpa, más ironía y, si la jornada ha sido particularmente intensa, con una copa de vino bastante bien justificada.
Porque si voy a seguir descubriendo quién soy, al menos que sea con humor. Y ojalá con refill.
Salud!!🍷
No: 2026-A-5554



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