Tecnología retro y nostalgia digital



 Cuando yo era más joven, internet no existía. Sí, ya sé que suena como cuando los abuelos dicen que iban al colegio caminando diez kilómetros bajo la nieve, pero es verdad. En ese tiempo, si uno quería saber algo, tenía tres opciones: ir a la biblioteca del barrio o del colegio, preguntarle a alguien que supiera… o inventar la respuesta con total seguridad. Y lo mejor es que nadie podía comprobar si estabas diciendo una estupidez monumental, porque no existía Google para dejarte en evidencia en tres segundos. Era una época más inocente… y mucho más cómoda para los ignorantes seguros de sí mismos.

Mi primer contacto con la tecnología fue una máquina de escribir. Una Olimpia pesada, ruidosa y con carácter. Cada vez que escribías parecía que estabas redactando una declaración de guerra. Tac tac tac tac. Si estabas inspirada, la cosa sonaba como metralleta.

El problema venía cuando te equivocabas. Hoy uno aprieta “delete” con la misma naturalidad con la que respira. En ese tiempo, no. En ese tiempo estaba el corrector líquido. Ese esmalte blanco que dejaba el papel con una textura parecida a una muralla mal estucada. Y si el error era grande, no había solución: había que empezar de nuevo. El verdadero “control Z” de los años noventa era suspirar profundo, tomarse un café y reescribir todo mientras maldecías a tu propio cerebro, ah!!! y en hojas de papel roneo, no había otra.

Después llegaron los computadores. Esos aparatos enormes, beige, que parecían electrodomésticos soviéticos. Encender uno era casi un acto espiritual. Uno apretaba el botón… y esperaba. Y esperaba. Y seguía esperando.

Cuando finalmente aparecía algo en la pantalla, uno sentía que había presenciado un milagro tecnológico.

Pero el verdadero salto evolutivo fue internet.

Mi primer encuentro serio con internet fue en el laboratorio de computación de la universidad. Ese lugar tenía algo de templo futurista y algo de consultorio médico: filas de computadores, silencio incómodo y estudiantes mirando la pantalla con cara de que estaban a punto de hackear la NASA… cuando en realidad estaban tratando de abrir un correo.

Uno se sentaba frente al computador con una mezcla de curiosidad y miedo. Como si en cualquier momento el aparato pudiera electrocutarte o reprobarte el semestre.

Y entonces venía el momento crucial: conectarse.

La primera vez que escuché el sonido del módem fue inolvidable.
Ese criicrii piiiiiii krrrshhhh grrrr chchchch que parecía una pelea entre robots dentro del teléfono. Un ruido tan poco elegante que hoy sería imposible venderlo como tecnología. Pero en ese momento era el sonido del futuro.

Una vez que lograbas conectarte… venía la segunda etapa: esperar. Las páginas cargaban tan lento que uno podía replantearse su existencia completa entre el inicio de la carga y la aparición de la foto. Diez minutos mirando cómo la imagen bajaba lentamente por la pantalla, línea por línea, como si la estuviera dibujando un caracol con depresión.

Había compañeros que abrían una página y se iban a tomar café. Volvían… y la página todavía no terminaba de cargar. Pero igual era fascinante. Porque aunque demorara una eternidad, uno sentía que estaba entrando a algo gigantesco. Una ventana al mundo. Una ventana muy lenta, muy pixelada… pero al mundo.

Después apareció el correo electrónico. Y yo me sentía ejecutiva internacional. Mandar un mensaje que llegaba en segundos era magia negra. Antes una carta demoraba días; ahora uno podía mandar cinco correos seguidos diciendo exactamente lo mismo:
“Solo confirmando el correo anterior”.
“Reitero correo anterior”.
“Quedo atenta”.
La burocracia encontró su paraíso digital.

Luego llegaron los chats. El glorioso Messenger. Uno pasaba horas hablando con gente que probablemente vivía a tres cuadras, pero era más emocionante escribir que hablar. Además estaban los estados existenciales que uno ponía como si fuera poeta maldito:

“Conectada pero no disponible”.Que en realidad significaba: “Disponible, pero quiero que preguntes”.

Después llegaron las redes sociales. Facebook fue como abrir la puerta del colegio treinta años después y descubrir que todos siguen ahí… pero ahora publicando fotos del almuerzo. De repente uno sabía qué había desayunado la prima del cuñado de una compañera de segundo básico. Información absolutamente innecesaria, pero que igual uno miraba. Porque el ser humano tiene muchas virtudes… pero la curiosidad por la vida ajena sigue siendo la más fuerte.

Luego aparecieron los smartphones. El mundo entero dentro de un rectángulo. Cámara, mapas, música, banco, calendario, linterna… todo. Básicamente todo menos una función que te diga qué hacer con tu vida cuando son las dos de la mañana y estás revisando redes sociales por tercera vez.

Y justo cuando uno ya sentía que había logrado entender la tecnología sin tener que pedir ayuda a un adolescente de quince años… apareció la inteligencia artificial.

La primera vez que hablé con una IA fue extraño. Un poco como hablar con alguien extremadamente inteligente, extremadamente paciente… y que no se molesta aunque le hagas preguntas absurdas.

Le preguntas cualquier cosa y responde. Ideas, textos, recetas, consejos, explicaciones… hasta reflexiones existenciales si uno se pone dramático un martes por la noche.

Y ahí fue cuando me di cuenta de algo. Yo crecí en un mundo sin internet. Aprendí a escribir en máquina. Vi aparecer los computadores gigantes, sobreviví al ruido del módem en el laboratorio de la universidad, al Messenger, a las redes sociales… y ahora estoy conversando con una inteligencia artificial que puede escribir conmigo.

Si alguien me hubiera contado esto cuando tenía veinte años, habría pensado que era ciencia ficción. O que la persona estaba un poco borracha. Lo curioso es que a los 53 ya no me asusta la tecnología. Me divierte. Porque uno aprende algo importante con los años: el mundo cambia todo el tiempo. Lo único que realmente envejece es la curiosidad.

Así que aquí estoy.
Una mujer que usó corrector líquido en una máquina de escribir, que esperó diez minutos para que cargara una página en el laboratorio de la universidad… y que ahora conversa con una inteligencia artificial.

La vida, definitivamente, se puso muy rara. Pero también —hay que admitirlo— bastante entretenida. 

Salud!!🍷

No: 2026-A-5554

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