Chats Peligrosos para Madrugadas Largas
Dicen que una mujer decente no hace ciertas cosas. Nunca supe bien cuáles, para ser honesta, porque la lista cambia según quién la recite y según el nivel de frustración del opinólogo de turno. La vecina asegura que una mujer decente no sale sola. La tía católica jura que una mujer decente no habla fuerte, no toma vino y no se ríe mostrando los dientes. El ex despechado sostiene que una mujer decente no puede salir si esta recien separada y a cargo de sus hijos. La señora que comenta desde Facebook cree que una mujer decente no sube fotos donde se vea feliz. Y algún señor con olor a naftalina todavía está convencido de que una mujer es de su casa, de la cocina, la plancha y tiene botón de silencio.
Yo crecí escuchando esas tonteras envueltas en consejos. Que te cuides. Que el que dirán es muy importante. Que no des pie. Que no provoques. Que una dama no hace esto, no dice aquello, no responde tan rápido, no mira así, no desea tanto, no disfruta mucho, no se nota. Sobre todo eso: que no se note. Como si el deseo femenino tuviera que andar disfrazado de prudencia y escondido debajo de un chaleco con botones y cuello subido.
Pero un día entendí algo glorioso: cuando una deja de obedecer reglas escritas por gente aburrida, se abre una puerta secreta. No hace ruido al abrirse. No sale humo ni música épica. Apenas cruje. Pero detrás de esa puerta aparece una realidad paralela donde todo se pone bastante más entretenido.
Ahí entran las aplicaciones de citas.
Ese zoológico moderno donde conviven poetas sin ortografía, tipos con fotos de hace diez años, filósofos del gimnasio, hombres que posan con peces muertos, casados “separándose” hace seis temporadas, espirituales intensos que hablan de energía pero no pagan un café, expertos en seducción que parecen vendedores de seguros y uno que otro señor que todavía escribe “ola bb”.
Y entre toda esa fauna digital, de vez en cuando, aparece una especie rara y valiosa: el compañerito de juego.
No hablo del príncipe azul. Ese debe andar perdido buscando estacionamiento, pagando cuotas o llorando porque nadie lo necesita. Hablo del otro. Del que no promete eternidades ni pregunta tu signo Ese igual de loco, igual de afiebrado, igual de libre que tu. Uno que entiende que la vida también se trata de reírse, de improvisar, de incendiar martes a las cuatro de la tarde sin pedir permiso.
Ese que manda un mensaje peligroso mientras una compra pan.
Y ahí vas tú, comparando tomates, cuando vibra el teléfono con una frase capaz de desordenarte la respiración en el pasillo de las verduras. Una se hace la digna cinco segundos. Mira para el lado. Suspira. Sonríe sola como idiota. Y responde con la misma intensidad del juego, y sientes que por dentro ya empezó el carnaval.
Una conversación puede comenzar con un inocente “¿cómo va tu día?” y, sin darte cuenta, terminar en terrenos donde la ortografía deja de importar. Las palabras se transforman en caricias a distancia, fotografía sugerente que contextualiza el juego; frases subidas de tono despiertan la imaginación, encienden las ganas y aceleran el pulso en la oficina, en el taco, en el super. Hay algo adictivo en esa tensión de insinuar, provocar y esperar la respuesta, mientras el reloj pierde toda seriedad y un día común se vuelve mucho más entretenido.
Y luego, con mi amiguito pasamos a las videollamadas.
Ese invento maravilloso y ridículo que logró mezclar tecnología, ansiedad, deseo y mala iluminación en una sola experiencia. Ahí aparece una tratando de encontrar el ángulo digno mientras finge naturalidad. “No, si estaba así nomás”. Mentira. Llevabas quince minutos acomodando pelo, luz y otras presas.
La calefacción a mil, la dignidad colgando de una silla, la respiración negociando con el escote y la cámara convertida en cómplice. Y del otro lado, alguien igual de dispuesto a jugar, a reírse, a tentar, a sostener esa tensión deliciosa que existe entre lo que se imagina y lo que todavía no pasa.
Hay algo profundamente adictivo en esa complicidad. En saber que alguien puede sacarte una sonrisa sucia a mitad de tarde. En sentirte viva en horarios donde antes solo pagabas cuentas o revisabas correos. En recordar que el cuerpo también tiene memoria, humor y ganas de fiesta.
Era de noche, de esas noches en que la madrugada recién empieza y la casa se siente demasiado silenciosa. Yo estaba sola, entretenida en ese juego peligroso de chats que parten inocentes y terminan acelerando la respiración. Mensajes iban, mensajes venían, la imaginación trabajando horas extra, hasta que apareció la pregunta, breve y demoledora: ¿Quieres que vaya?
Ni siquiera tuve tiempo de pensarlo demasiado. Menos de peinarme. Apenas respondí, el tiempo se volvió una carrera corta y desordenada. A los minutos ya estaba afuera de mi puerta. Casi no alcanzó a vestirse: pantalón de buzo, polera cualquiera y un jockey puesto a la rápida, como quien sale arrancando hacia algo urgente.
Abrí la puerta y el jockey salió volando antes de que yo entendiera nada.
Sentí el golpe exacto de dos cuerpos que venían buscándose desde mucho antes del timbre. Su mano encontró mi cintura con una seguridad insolente y me atrajo hacia él como si supiera perfectamente dónde tenía que estar. Después vino el beso.
Un beso de esos que no piden permiso, que entran directo a revolverlo todo. Me desordenó el pelo, la respiración, las ideas y hasta el último átomo. La casa dejó de estar silenciosa, la madrugada dejó de ser larga, y yo dejé de acordarme de cualquier cosa que no fuera ese instante.
No: 2026-A-5554



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