El motoquero, el circo… y mi ataque de risa

 




Llegó primero él. Siempre llegan primero ellos cuando quieren impresionar. Yo lo vi desde el auto: moto brillante, postura de catálogo, chaqueta de cuero que parecía tener historia propia. Yo, en cambio, bajándome con el control del cierre en la mano y el pelo peleando contra la humedad del sur. Equilibrio ante todo.

Tenía 57. Y se notaba… pero bien. De esos hombres que no piden permiso para ocupar espacio, pero tampoco lo necesitan. Seguro, conversador, con esa mezcla de caballero antiguo y picardía bien administrada. Me invitó a cenar, detalle no menor, y entendí de inmediato que para él eso no era protocolo, era parte del juego. El preámbulo. El “te voy llevando”.

La cena fue un despliegue: conversación fluida, historias de ruta, risas medidas, miradas que se sostenían un segundo más de lo socialmente necesario. Yo, 38, en modo observadora curiosa. Porque una ya no cae, una analiza… pero igual se entretiene.

Después vino la propuesta. Sin rodeos, pero con estilo. Y yo pensé: bueno, a esta edad una no dice que no a una buena anécdota.

El lugar… cómo decirlo sin faltar a la verdad: un motel con aspiraciones artísticas. Algo así como si un circo y una fantasía ochentera hubieran tenido un hijo decorativo. Luces, espejos, una silla ondulada que claramente tenía más protagonismo que cualquiera de nosotros. Yo entré tratando de mantener la compostura, pero por dentro ya había una vocecita diciendo: “esto promete… pero no en el sentido clásico”.

Y en ese tránsito entre la teoría y la práctica vino el preámbulo físico: besos que partieron bien, con intención, con esa promesa de que el guion iba en serio. Un par de recorridos por el cuello, un languetazo que buscaba ser inolvidable, palabras al oído dichas en tono grave… demasiado grave. Porque ahí, en ese susurro que pretendía encender, se coló el primer indicio de alerta: ya venía con banda sonora incluida. Una especie de respiración intensa, casi bufido vacuno prematuro, como si el motor estuviera revolucionado antes de salir a las pistas. Yo hice como que no lo escuché, pero mi radar interno ya había levantado una ceja.

Y entonces empezó la función.

Porque sí, fue una performance. Él, completamente comprometido con su papel de macho alfa en versión intensiva mezclada con actor porno. Respiración profunda, sonidos que evocaban más campo que ciudad, digamos que era como estar el la SOFO en día de exposición de ganado,  y una entrega que, en otro contexto, podría haber sido hasta admirable.

Pero no. Mi cerebro hizo corto circuito.

Entre la escenografía, la intensidad sobreactuada y la seriedad con la que él asumía todo, algo en mí se soltó. Primero una risa interna. Después una vibración sospechosa. Y finalmente… el desastre: ataque de risa.

De esos que no puedes detener aunque quieras. De esos que te traicionan completamente.

Intenté recomponerme. Respiré. Miré al techo. Pensé en cosas neutras: cuentas, supermercado, informes pendientes… nada funcionó. Cada intento de retomar solo empeoraba la escena. Era como repetir una toma fallida una y otra vez.

Hasta que tuve que decirlo: Así no puedo.!!! Así, simple. Honesto. Inevitable.

Me vestí con la dignidad que se puede rescatar en medio de un episodio así, tomé mis cosas y me fui. Él quedó ahí, probablemente confundido, tal vez ofendido, o quizás replanteándose su repertorio.

Yo manejé de vuelta con una mezcla de culpa y carcajadas intermitentes.

Porque al final, de eso se trata también esta etapa: de sumar experiencias, incluso las absurdas. De entender que no todo lo atractivo en teoría funciona en la práctica. Y que el deseo, cuando pierde el sentido del humor… pierde bastante.

Moraleja no pedida:
Nunca subestimes el poder de una silla ondulada… ni de tu propia risa.

Consejo: Siempre lleva tu auto por si debes abandonar elegantemente la escena del crimen

salud 🍷

                                                                                                                                    No: 2026-A-5554

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