El día en que descubrí que mi mamá tenía razón (y qué rabia me dio)
Hay un momento muy humillante en la
adultez. Uno de esos pequeños terremotos internos que llegan sin aviso y te
dejan mirando el techo, tapada hasta la nariz, pensando que el universo se está
riendo de ti con ganas.
Ese momento es cuando descubres que
tu mamá… tenía razón.
No en todo, porque tampoco vamos a
endiosar generaciones que cocinaban con manteca, fumaban al lado de las guaguas
y creían que el Mentalol servía hasta para sanar el alma. Pero en algunas cosas
importantes… sí tenía razón.
Y qué rabia da, por la cresta!!!
Porque una pasa la juventud completa
convencida de que viene a romper patrones, a revolucionar la historia familiar,
a hacerlo distinto. Mejor. Más moderno. Más consciente. Una se siente mezcla de
psicóloga autodidacta, feminista emocional, sobreviviente y gurú espiritual con
acceso ilimitado a frases motivacionales de Instagram.
Hasta que un día, sin darte cuenta,
empiezas a decir exactamente las mismas frases.
—¡Apaga la luz poh!
—¿Todavía está prendido ese calefactor?
—Llévate una chaqueta que se pone hela’o!!
—No gastes plata en tonteras.!!
Y ahí ocurre el horror.
Porque no solo repites las frases…
también empiezas a entenderlas.
Mi mamá tenía una habilidad casi
paranormal para detectar futuras desgracias sentimentales. Pero no era de esas
madres que simplemente preguntaban “¿y cómo se llama?”. No. Ella hacía
investigación nivel PDI emocional.
Quería saber todo del pololo de
turno.
Dónde vivía.
Quiénes eran los papás.
Qué hacían.
Cómo hablaba.
Cómo me miraba.
Qué intenciones tenía.
Y una ahí, con quince años, enamorada hasta las patas y encontrando
absolutamente exagerado que quisiera conocer hasta al perro del cabro si
llevábamos pololeando dos semanas y media.
Yo pensaba:
Mamá, cálmate… si es solo mi pololo.
Pero para ella no existía el “solo”.
Ella lo hacía por seguridad. Por instinto. Porque las madres de antes tenían
menos discurso psicológico, pero una intuición que daba miedo.
Y bastaba que yo llegara feliz,
flotando en hormona adolescente, hablando maravillas del nuevo amor de mi vida,
para que ella levantara apenas una ceja y dijera con una tranquilidad
irritante:
Mmm… ese hombre no es para ti.
Y yo, por supuesto, indignada.
Porque una a esa edad cree que el
amor todo lo puede.
Que las diferencias “se conversan”.
Que una va a cambiar al hombre emocionalmente atrofiado.
Que contigo será distinto.
Que tú sí viste “su lado sensible”.
Que el amor vence clases sociales, crianzas distintas, proyectos incompatibles
y hasta red flags que prácticamente vienen con luces LED.
Spoiler: no!!
Con los años entendí que mi mamá no
estaba siendo pesada ni exagerada. Ella veía cosas que yo no podía ver porque
estaba enamorada y profundamente hueona, con respeto hacia mi versión juvenil.
Ella entendía que había diferencias
demasiado grandes.
Formas distintas de ver la vida.
Valores incompatibles.
Mundos que al principio parecían complementarse… pero que tarde o temprano iban
a explotar y mandar todo al carajo.
Y sí.
Tenía razón. Toda la razón
Pero curiosamente, con mis hijas ha
pasado algo distinto.
No porque yo sea mejor. Ni más
evolucionada. Ni porque venga de fábrica con inteligencia emocional premium.
Para nada. Si algo he hecho en esta vida es equivocarme con entusiasmo.
Pero mis malas elecciones, mis
porrazos amorosos, mis lloriqueos dignos de teleserie y mis reconstrucciones
posteriores les enseñaron algo importante a ellas: a mirar más allá del
discurso bonito.
Aprendieron a filtrar.
A mirar bajo el agua.
A desconfiar del encantador profesional.
A entender que intensidad no siempre significa amor.
Y que una relación no debería sentirse como pega extra con horas
extraordinarias no pagadas.
Mis hijas crecieron viendo cómo una
mujer puede romperse… pero también volver a pararse.
Y creo que eso les dejó algo bueno.
Porque sí, probablemente heredaron
algunas cosas mías:
el humor sarcástico,
la ansiedad existencial ocasional,
la tendencia a analizar conversaciones de WhatsApp como si fueran evidencia
forense…
pero también aprendieron a escoger
distinto.
Con más cabeza.
Sin dejar de sentir.
Con amor… pero también con inteligencia.
Y ahí entendí algo bien bonito.
Las mujeres sí repetimos cosas de
nuestras madres. Obvio que sí.
Los gestos.
Las frases.
Las mañas.
La forma de preocuparnos.
Hasta la manera de doblar bolsas plásticas “por si sirven después”.
Pero también mejoramos algunas
cosas.
Las cuestionamos.
Las adaptamos.
Las hacemos distinto.
Sin dejar de parecernos un poco.
Porque al final nuestras madres
hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían.
Y una ahora hace exactamente lo mismo… pero con terapia, TikTok y ansiedad
funcional.
A esta edad ya no veo a mi mamá como
superheroína.
La veo como mujer.
Cansada a veces.
Asustada otras.
Enamorada, confundida, improvisando igual que una.
Y curiosamente eso la vuelve mucho
más admirable.
Aunque igual me siga dando rabia
cuando descubro que tenía razón.
Salud 🍷
No: 2026-A-5554



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