La peligrosa ilusión de “esta vez sí”
Después
de cierta edad una debería aprender. En teoría.
Porque
una ya pasó por relaciones malas, por amores intensos, por hombres
emocionalmente indisponibles y por ese espécimen extraño que dice “no estoy
listo para algo serio” mientras actúa exactamente como alguien en pareja.
Una
ya debería detectar patrones como detective emocional jubilada.
Y
sin embargo… aparece alguien que te gusta. Y el cerebro inmediatamente decide
jubilar.
Todo
parte inocente.
Una
conversación entretenida. Un mensaje inesperado. Un “buenos días” que te hace
sonreír como adolescente con menopausia.
Y
ahí empieza el problema.
Porque
una mujer después de los cincuenta ya no se enamora solamente de la persona. Se
enamora de la posibilidad. De la idea de que quizás esta vez sí.
Sí
podría funcionar. Sí podría ser tranquilo. Sí podría ser recíproco. Sí podría existir
alguien emocionalmente disponible y además atractivo. Un milagro estadístico.
Entonces
una empieza a entusiasmarse. No mucho. Lo justo.
Ese
“justo” que incluye imaginar viajes, conversaciones largas, domingos
acompañados y quizás hasta dejarle un cepillo de dientes en el baño. Todo muy
casual y nada intenso, obvio. Hasta que aparece la primera señal rara.
Una
demora extraña. Una evasiva. Un comentario incómodo. Un comportamiento que hace
ruido interno.
Y
ahí ocurre la pelea más absurda de todas: la pelea entre intuición y esperanza.
La
intuición dice:
—Mijita…
salga de ahí.
Y
la esperanza responde:
—Ay
pero quizás está ocupado.
La
intuición insiste:
—No
está ocupado. Está confundiendo tranquilidad con mínimo esfuerzo.
Y
una igual espera un poquito más.
Porque
todavía queremos creer. Aunque ya sepamos cómo termina la película.
Pero
también hay algo distinto ahora.
Antes
una se quedaba años intentando arreglar relaciones rotas. Ahora no.
Ahora
una se demora menos en aceptar la realidad. Porque el tiempo ya no parece
infinito. Y porque la paz costó demasiado como para entregarla barato.
Entonces
llega ese momento adulto donde una se sienta sola, con café o vino dependiendo
de la gravedad del asunto, y admite:
Sí…
me entusiasmé.
Y
también: Sí… esto no era.
Y
sorprendentemente el mundo no se acaba.
Duele
un poco. Molesta el ego. Dan ganas de mandar un mensaje largo que jamás debería
enviarse, pero que a veces se arranca.
Pero
después pasa.
Porque
a esta edad una ya sabe reconstruirse.
Y
también sabe algo importante:
Que
seguir creyendo en el amor no es ingenuidad. Es valentía.
Aunque
a veces venga disfrazada de ahueonamiento temporal.
Salud
🍷



Comentarios
Publicar un comentario