Las mujeres que aprendimos tarde a descansar
Hay algo profundamente sospechoso (para
el resto), en una mujer sentada sin hacer nada.
Y no lo digo yo. Lo dice la sociedad
completa, esa misma que nos crió creyendo que descansar era casi un acto de irresponsabilidad.
Que dormir hasta tarde, quedarse en pijama o derechamente no levantarse era de
gente floja… y además hedionda. Porque en nuestras casas descansar no era
autocuidado; era prácticamente una falla moral con olor a patas y culpa.
Porque una puede estar con fiebre,
con pena, con la presión en Marte y aun así aparece una vocecita interna
diciendo:
Ya poh… pero al menos dobla la ropa.
Nos educaron para ser útiles. Productivas.
Resolvientes. Multiuso.
Básicamente una mezcla entre mamá,
terapeuta, administradora, chofer, enfermera, organizadora de cumpleaños y
soporte técnico emocional gratuito.
Y lo peor… es que muchas nos
sentimos orgullosas de eso.
Yo también!!
Y además crecí admirando a esas
mujeres legendarias que parecían no cansarse nunca. Mujeres que trabajaban todo
el día afuera de la casa y aun así llegaban a hacer kuchen casero un miércoles
cualquiera “porque había manzanas que se iban a perder”.
Las mismas que preparaban
mermeladas, conservas, sopaipillas y pan amasado como si el día tuviera treinta
horas y el cansancio fuera un mito inventado por gente débil.
Mujeres que tejían, cosían,
cocinaban, parchaban uniformes, pegaban botones y todavía alcanzaban a dejar la
casa impecable antes de sentarse recién a las diez de la noche, cuando ya no
quedaba nadie pidiéndoles algo.
Y más encima nos enseñaron todas
esas cosas.
Porque claro, además de sobrevivir,
había que transmitir el conocimiento ancestral femenino: cómo hacer una basta, cómo
preparar mermelada, cómo coser un botón,
cómo dejar el arroz graneado, cómo tejer.
¡¿Quién teje hoy en día?!
Bueno… yo a veces
Mujeres de manos cansadas y delantal
puesto.
De “siéntese mijita, yo le sirvo”.
De amor expresado en comida caliente.
Y una las miraba casi con admiración
religiosa.
Como diciendo:
¿En qué minuto descansan estas señoras?
La respuesta era simple:
casi nunca.
Durante años creí que ser buena
mujer era poder con todo. Aunque terminara reventada.
Aunque llorara encerrada en el baño para que nadie preguntara. Aunque mi idea
de descanso fuera sentarme cinco minutos mirando una muralla mientras se
hervían los fideos.
Porque una no descansaba. Una
“aprovechaba de sentarse un ratito”.
¡¡¡Qué concepto más triste!!!
Y claro, después vienen los años.
El cuerpo empieza a pasar la cuenta.
La cabeza se cansa.
La paciencia se jubila antes que una.
Y descubres algo terrible… y obvio:
nadie te va a dar una medalla por
agotarte. Ni diploma. Ni bono. Ni monumento nacional a la mujer que resolvió
todo mientras se deshacía por dentro.
Entonces empieza el aprendizaje más
incómodo de todos: descansar sin culpa. Y cuesta más que dieta en diciembre.
Porque una se sienta a ver una serie
y automáticamente piensa que debería estar haciendo otra cosa.
Lees un libro y aparece la ansiedad productiva:
¿Y el clóset?
¿Y la bodeguita eternamente hecha un desorden?
¿Y esa lista eterna de pendientes?
Hasta que un día simplemente no
puedes más.
Y ahí entendí algo importante:
el cansancio no siempre se siente como sueño. A veces se siente como
irritabilidad.
Como ganas de desaparecer un fin de semana entero. Como llorar porque alguien
te preguntó qué hay de almuerzo.
Y no era locura. Era agotamiento
acumulado por años de sostener demasiado.
Las mujeres de mi generación
crecimos viendo mamás cansadas que igual seguían.
Que hacían milagros domésticos con estrés, pena y pocas herramientas
emocionales.
Mujeres que jamás decían: Hoy no puedo. Porque no podían darse ese lujo.
Y una heredó eso. Ese piloto
automático femenino donde aunque estés destruida, igual funcionas. Como
electrodoméstico antiguo: mete ruido, se recalienta… pero sigue. Hasta que deja
de seguir.
Ahora, a esta edad, estoy
aprendiendo algo revolucionario: que descansar también es responsabilidad
emocional.
Que dormir siesta no me convierte en
floja. Que pedir ayuda no me hace menos capaz.
Y que a veces el acto más sano del día es decir: No quiero. No puedo. No me da
la gana.
Y sobrevivir a la culpa después. Porque
todavía aparece. Obvio que aparece. Una no se deconstruye en dos talleres y
tres frases motivacionales de Instagram.
Pero al menos ahora me escucho más y
mis hijas me lo recuerdan con un “siéntate un rato mujer…”
Y ojo, eso no significa dejar de
admirar a esas mujeres que todavía hacen kuchen casero, mermeladas y conservas
como acto de amor puro.
Al contrario. Las admiro profundamente.
Pero ahora también entiendo algo que
antes no veía: muchas veces hacían todo eso cansadas. Sin ayuda. Sin descanso. Porque
así las educaron.
Porque creían que una buena mujer debía poder con todo… y además sonreír
mientras revolvía la olla.
Y quizás nosotras estamos intentando
hacer algo distinto.
No dejar de cuidar. No dejar de
amar. Pero sí dejar de desaparecer dentro de las obligaciones.
Si estoy cansada, paro. Si no quiero
salir, no invento excusas médicas diplomáticas.
Y si un domingo quiero pasar todo el día en pijama viendo series malas y
tomando té… lo hago y ahora con ganas.
Bueno… té y quizás una copita de
vino más tarde, porque tampoco vamos a perder nuestras tradiciones culturales.
Y ¿sabí qué?
El mundo sigue girando igual. Nadie murió porque no doblé toallas. Nadie
colapsó porque dije que no. La civilización sobrevivió aunque una mujer
descansara.
Mira tú qué histórico.
A veces pienso que las mujeres más
peligrosas no son las rebeldes. Son las que aprendieron a descansar sin pedir
perdón. Porque ahí ya no vuelves atrás.
Salud 🍷
No: 2026-A-5554



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