Me masajeo la cara, luego existo
A los veinte te venden tequila. A los cincuenta te venden ejercicios para levantar las mejillas.
La transición ocurre tan gradualmente que una no se da cuenta. Un día estás comprando protector solar porque una dermatóloga responsable te dijo que previene el cáncer. Al siguiente estás viendo un video de una mujer de 63 años que asegura parecer de 28 gracias a una rutina de diecisiete pasos que incluye masajearse las orejas en dirección a Saturno y dormir colgada boca abajo como murciélago.
Y una piensa: ¿será? Porque la inseguridad te toca el hombro y te susurra al oído: "¿Y si funciona?".
Abro Instagram y aparecen mujeres masajeándose el cuello. Abro Facebook y aparecen mujeres masajeándose la mandíbula. Abro TikTok y una señora japonesa aparentemente inmortal se golpea la frente con una cuchara congelada mientras explica que así estimula el colágeno ancestral.
Yo no sabía que el colágeno tenía ancestros. Pero aquí estamos.
La publicidad ha logrado algo extraordinario: convencernos de que envejecer es una enfermedad que puede tratarse con suplementos de cúrcuma fermentada, magnesio cuántico, colágeno hidrolizado, resveratrol, ácido hialurónico, omega 3, omega 7, omega 11 y probablemente omega Alfa Centauri, además de uno que otro cuarzo mágico que potencia todo lo demás.
Cada mañana hay personas tragándose más cápsulas que un astronauta antes del despegue.
Ya no desayunamos. Nos suplementamos.
Y cuidado con equivocarse, porque si no tomas colágeno, tus articulaciones colapsarán; si no tomas magnesio, no dormirás o no cagarás, todavía no lo tengo claro; si no tomas probióticos, tu intestino iniciará una revolución armada; y si no tomas antioxidantes, tus células envejecerán.
Como si no fueran a hacerlo de todos modos...
Mientras tanto, la industria cosmética sigue avanzando con la delicadeza de un tanque de guerra.
Ya no basta con tener arrugas. Ahora debes tener conciencia de tus arrugas. Las del entrecejo, las del cuello, las del escote, las de las rodillas. Hace poco descubrí que existen arrugas en zonas en las que jamás había pensado.
Un horror!!!
Resulta que ahora debemos preocuparnos por la pérdida de volumen facial, la pérdida de densidad dérmica, la pérdida de definición mandibular, la pérdida de elasticidad, que es la que me está afectando, porque se me están cayendo los cachetes... de la cara, por supuesto, además de la pérdida de luminosidad y la pérdida de firmeza.
Macabro!!!!
A este ritmo, la única cosa que no perderemos será la ansiedad y la depresión por no cumplir con los estándares sociales de belleza y juventud.
Y entonces aparecen los expertos, los gurús, los influencers, los coaches del rejuvenecimiento. Todos casualmente con filtros tan agresivos que podrían borrar hasta las fosas nasales.
Nos explican que debemos amarnos tal como somos.
Pero usando este sérum, este masajeador, este dispositivo de luz roja, este rodillo de jade, esta piedra volcánica, esta crema nocturna, esta crema diurna, esta crema para después de la crema diurna y esta otra crema para recuperarse emocionalmente del precio de todas las anteriores.
Lo fascinante es que todo se presenta como autocuidado.
Y yo me pregunto: ¿Quién decidió que una mujer de cincuenta y tantos debe parecer de veinte?
Porque, sinceramente, si a los veinte alguien me hubiera dicho que a los cincuenta pasaría parte de mis noches investigando si el colágeno marino es mejor que el bovino, comparando tipos de magnesio y preguntándome si una piedra fría realmente puede redefinir mi mandíbula, me habría reído durante una semana completa.
Pero no. Nos venden juventud. Porque la experiencia parece no tener valor de mercado. La sabiduría no se puede patentar. Y la tranquilidad de sentirse bien con la apariencia actual no genera suficientes ganancias trimestrales.
Así que aquí estamos. Haciendo yoga facial, tomando suplementos, mirando tutoriales de muecas que supuestamente atenúan las líneas de expresión, masajeándonos la cara, el cuello, las manos, los brazos, las piernas y probablemente otras partes también.
Todo para perseguir una fotografía imaginaria de nosotras mismas que nunca existió realmente.
Porque la verdad incómoda es que a los veinte tampoco parecíamos las mujeres de veinte que nos muestran ahora.
Simplemente no teníamos filtros para comprobarlo.
Y mientras el mundo sigue obsesionado con borrar cada señal del paso del tiempo, yo empiezo a sospechar que mis arrugas tienen más historias interesantes que la mayoría de las personas que intentan venderme una solución para ellas.
Y que mis cachetes caídos quizá no sean falta de colágeno. Tal vez sean el resultado de no haberme reído tanto como debería.
Pero aun así, quizás mañana compre otro suplemento.
No prometo nada.
Al fin y al cabo, la eterna juventud es un negocio.
Y la verdadera rebeldía, a cierta edad, consiste en reírse de él.
Salud. 🍷



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