El Síndrome de "NO QUIERO GENTE"
Hay algo muy extraño que empieza a ocurrir después de los cincuenta. No aparece de golpe como la menopausia ni viene acompañado de sofocos o lagunas mentales. Es más silencioso. Más elegante. Un día simplemente despiertas... y descubres que ya no quieres gente.
No es depresión. No es amargura. Mucho menos antisocialidad. Es una evolución natural. Como las mariposas, pero con pijama.
Antes, si alguien decía: ¿Nos juntamos?
Yo respondía: ¡Obvio!
Ahora respondo: ¿Para qué?
Porque una aprende que salir de la casa no consiste solamente en abrir la puerta. No, señor. Salir implica ducharse, lavarse el pelo, secarlo, decidir qué ponerse, descubrir que nada te queda como esperabas, cambiarte tres veces, buscar los lentes que tienes puestos, alimentar al gato, apagar las luces, volver porque olvidaste el celular y, recién ahí, partir.
Y cuando llego al lugar... resulta que quiero estar en mi casa.
La adultez es una estafa.
Lo peor es que este síndrome aparece de manera progresiva.
A los treinta organizaba cumpleaños.
A los cuarenta organizaba asados.
A los cincuenta organizo excusas.
Y tengo un repertorio digno de un premio Oscar.
Estoy un poco cansada.
Tengo mucho trabajo.
Mañana madrugo.
Me duele la cabeza.
Mentira.
No me duele nada. Simplemente... no quiero gente.
Lo curioso es que no odio a las personas.
Las quiero muchísimo. Pero desde lejos. Idealmente por WhatsApp.
Y sin audios de cinco minutos.
Porque si algo he aprendido en esta etapa es que existe un círculo especial del infierno para la gente que manda audios eternos diciendo lo que pudo escribir en dos líneas.
Yo los veo llegar.
Cinco minutos con cuarenta y ocho segundos.
Cinco Minutos.
¡¿Qué hiciste?! ¿Grabaste un podcast?
¿Estás postulando a un Premio Nacional de Literatura Oral?
Uno termina escuchándolos en velocidad 2x y aun así parece documental de Netflix.
Antes mi panorama perfecto era una casa llena de amigos.
Ahora mi panorama perfecto es que todos cancelen.
Y cuando alguien escribe: Perdón, no voy a poder ir.
Yo respondo: ¡Qué pena!
Mientras por dentro estoy descorchando una botella de vino.
Hay días en que mi mayor fantasía no es viajar a Europa.
Es que nadie toque el timbre.
Porque el timbre ya no anuncia visitas.
Anuncia trabajo. El repartidor. El vecino. La propaganda. El testigo de Jehová. La persona que vende planes de internet cuando precisamente yo estaba disfrutando del maravilloso silencio.
Y una piensa:
"¿No ven que estoy ocupada haciendo absolutamente nada?" Porque hacer nada requiere concentración.
Yo puedo pasar una tarde completa sentada mirando una serie que ya vi tres veces.
Con una manta. Una copa de vino. El ventilador cerca, por si la menopausia decide hacer una aparición especial. Y el celular en modo silencio.
Eso, amigas mías, no es perder el tiempo.
Eso es bienestar emocional.
Mis hijas ya entendieron.
Cuando me llaman y les digo:
Estoy descansando. No preguntan más. Saben perfectamente que descansar puede significar cualquiera de estas actividades altamente demandantes:
Mirar TikTok durante una hora.
Cambiar de Netflix a Prime, de Prime a Disney y de Disney volver a Netflix para terminar viendo la misma serie de siempre.
Conversar con ChatGPT. Regar una planta. O simplemente contemplar el techo mientras pienso por qué entré a la cocina.
Y soy feliz.
Porque descubrí algo maravilloso. El silencio también conversa.
Con los años una deja de tener miedo al vacío.
Antes necesitaba ruido para sentir que la casa estaba viva.
Ahora necesito silencio para sentir que yo estoy viva.
Claro que todavía salgo. No soy un monje tibetano.
Voy a cumpleaños. A matrimonios, pocos. A reuniones.... no, a esas no voy definitivamente
Pero tengo una condición. Que empiecen temprano. Y terminen más temprano todavía.
Porque si la invitación dice "desde las nueve", yo ya voy calculando a qué hora puedo irme sin parecer mal educada.
Y normalmente la respuesta es... Nueve cuarenta y cinco.
A las diez de la noche ya estoy pensando en mi cama como adolescente enamorada. Mientras el resto recién empieza a pedir el segundo trago, yo ya estoy haciendo cálculos mentales sobre cuánto demorará Uber. Y cuando por fin llego a mi casa, me saco el sostén con la emoción con la que otros celebran el Año Nuevo.
Hay pocas sensaciones tan cercanas a la libertad como esa. Después me pongo el pijama. Ese pijama que jamás mostraría en una cita porque parece heredado de una tía octogenaria, pero que tiene el poder terapéutico de un abrazo.
Y ahí entiendo que el verdadero lujo después de los cincuenta no es una cartera de marca.
Es cancelar planes sin culpa. Dormir atravesada en la cama. Cenar queso con aceitunas. Tomar una copa de vino viendo una serie repetida. Y que nadie, absolutamente nadie, espere conversación.
Porque una pasa la mitad de la vida aprendiendo a relacionarse con el mundo.
Y la otra mitad aprendiendo que también está bien, de vez en cuando...
No querer gente.
Y, sinceramente...
No pienso pedir disculpas por eso.
¡Salud! 🍷



Comentarios
Publicar un comentario