Música Fuerte, Miedos Bajitos






Hay un momento en la vida de toda mujer sobre los cincuenta en que deja de esperar que alguien le diga:"¿Y si nos escapamos el fin de semana?"

Porque una se da cuenta de que ese alguien está muy ocupado... viendo fútbol, arreglando una bicicleta que jamás usa, diciendo "otro día" o, simplemente, no existe. Así que un sábado cualquiera miré las llaves del auto, abrí Spotify y dije: "Bueno... parece que tú y yo tenemos una cita."

Y partí. Sin destino demasiado claro. Porque a esta edad uno ya sabe que los mejores viajes no empiezan con un itinerario. Empiezan con un "a ver hasta dónde llego".

El estanque medio lleno, los lentes de sol, un café en el portavasos y la playlist de los ochenta lista para recordarme que todavía puedo cantar como si fuera vocalista de Bon Jovi.

Spoiler: no puedo. Pero en el auto nadie juzga. Así que salí cantando a todo güergüero. "Livin' on a Prayer..." Con una pasión que habría hecho llorar al mismísimo Jon Bon Jovi... aunque probablemente por razones distintas.

Los camioneros me miraban raro. Yo también los miraba raro.

Hay algo mágico en manejar sola. No tienes que negociar la música. No tienes que preguntar si alguien quiere ir al baño. No tienes que escuchar un "¿falta mucho?"

Solo tú. La carretera. Y esa sensación maravillosa de que, por unas horas, el mundo entero cabe detrás del parabrisas.

Llegué a un pueblito precioso. Casitas antiguas. Artesanías. Una plaza llena de árboles. El típico café con terraza donde todo el mundo parece conocerse desde el jardín infantil. Y ahí apareció el primer desafío psicológico.

Entrar sola a un restaurante. No sé por qué. He criado hijas. He trabajado toda la vida. He enfrentado jefes imposibles. He sobrevivido a reuniones de apoderados.

Pero entrar sola a un restaurante... Eso da algo de nervios. La señorita que atiende me preguntó:

"¿Mesa para cuántos?" Y esa respuesta tardó un poquito en salir. "Para uno."

Ella sonrió. Yo también. Pero por dentro sentía que todo el restaurante pensaba: "Pobrecita..."

Después descubrí algo importante.

A nadie le importaba. La única que estaba armando una teleserie mexicana en su cabeza... era yo.

Pedí una pasta. Un juguito, porque estaba conduciendo. Un postre que jamás habría compartido. Porque cuando una anda sola, nadie te dice: "¿Me das un poquito?"

¡No! El tiramisú era mío. Completamente mío. Y fue glorioso.

Después caminé por la costanera. Entré a tiendas donde nadie me apuraba. Compré una tontera absolutamente innecesaria porque "me hizo feliz". Saqué fotos de flores. De puertas antiguas. De perros que jamás volveré a ver. Me senté en una banca a mirar gente. Inventé historias sobre las parejas que pasaban.

Esa señora claramente estaba enojada porque él olvidó el aniversario. Ese caballero llevaba veinte minutos fingiendo interés por una feria artesanal. Y esos adolescentes caminaban de la mano convencidos de que el amor dura para siempre.

Ay... Qué ternura. Pero no todo fue color de rosa. Hubo momentos en que pensé:

"Qué rico sería tener a alguien al lado." Alguien para decirle: "Mira ese paisaje."

Alguien que probara el plato y dijera: "Pide postre, yo invito."

Alguien con quien reírse cuando el GPS decide que un camino de cabras es una excelente alternativa.

Porque sí. Viajar sola es maravilloso. Pero compartir también tiene su encanto.

No por necesidad. Por gusto. Porque hay atardeceres que se disfrutan más cuando alguien te toma la mano en silencio. Y hay chistes malos que necesitan un cómplice para ser realmente malos.

Sin embargo, mientras manejaba de regreso, con el sol escondiéndose y Nickelback  cantándome al oído que "How You Remind Me" seguía siendo un temazo, entendí algo.

No estaba esperando que apareciera alguien para empezar a vivir. Estaba viviendo. Y si algún día aparece un compañero de ruta... Qué lindo. Pero que llegue dispuesto a cantar desafinado conmigo.

A perderse sin reclamar. A parar donde diga "Mote con Huesillos" aunque no tenga hambre.

A reírse cuando el café se derrame sobre el pantalón. A sacarme una foto donde no salga solo el paisaje.

Porque ya descubrí que puedo viajar sola. Puedo comer sola. Puedo caminar sola. Puedo perderme sola.

Y, sorprendentemente... Puedo ser muy feliz haciéndolo. Aunque, no voy a mentir.

La próxima vez que vea un mirador espectacular... Sí me gustaría girar la cabeza y decir: "¿Viste lo hermoso que es esto?"

Y que alguien responda: Sí... pero tú cantando en inglés champurreado a los gritos en el auto fue mucho más memorable."

Porque la verdadera independencia no consiste en no necesitar a nadie.

Consiste en no dejar de hacer cosas maravillosas mientras esa buena compañía llega... o decide perderse en la siguiente salida de la carretera. 🚗🎶💛

 


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