Aquí No, Que Se Arruga
Hay decisiones que una toma impulsivamente cuando es joven. Cortarse el pelo como la Yuri. Volver con el ex. Comprar pantalones blancos con flecos...
Y después están las decisiones que una toma pasados los cincuenta, cuando ya sabe perfectamente que las consecuencias existen... y aun así las abrazas con una copa de vino en la mano.
Como hacerte un segundo tatuaje.
Porque el primero ya estaba. Había sobrevivido dignamente al paso del tiempo, a los cambios de peso, al sol, al invierno y a un par de crisis existenciales. Ya no había nervios por la aguja. El problema era otro.
¿Dónde diablos me lo hago?
Cuando una tiene veinte años, el cuerpo es prácticamente un lienzo recién estirado. Todo está firme, en su lugar y con vocación de permanencia.
A los cincuenta y tantos, en cambio, el cuerpo es más bien una obra de ingeniería dinámica.
Las cosas se desplazan, definitivamente se caen por falta de turgencia. Algunas lentamente.
Otras con un entusiasmo que nadie autorizó.
Entonces apareció una preocupación que jamás tuvo la adolescente que alguna vez fui:
—Necesito un lugar que no colapse.
Porque una ya sabe que hay zonas del cuerpo donde la gravedad está ganando por goleada.
Pensé en el brazo.
No.
¿Qué pasa si dentro de diez años ese delicado colibrí termina pareciendo pajaro loco?
Pensé en la güata.
Ni hablar.
Después de dos embarazos, una cesárea, la menopausia y varias empanadas bien disfrutadas, ese territorio ya tiene demasiada historia como para agregarle un colibri cachetón.
La pierna tampoco me convencía. Porque si las rodillas siguen crujiendo con este entusiasmo, cualquier diseño podría terminar bajando unos centímetros por decisión propia.
La espalda...
Difícil que pueda disfrutarlo en esa zona.
Y así me descubrí frente al espejo, girando como pollo asado, estudiando mi anatomía con la seriedad de un arquitecto evaluando un edificio patrimonial.
—Aquí no.
—Aquí se arruga.
—Aquí cuelga.
—Aquí, en unos años más, el tatuaje va a necesitar debajo de la piel.
Nunca pensé que elegir dónde hacerme un tatuaje implicaría conocimientos de anatomía, gravedad y comportamiento de tejidos blandos.
Mientras conversaba con la tatuadora, me preguntó la clásica:
—¿Y ya sabes qué te quieres hacer?
Con una seguridad digna de concurso de belleza respondí:
—Sí.
Mentira.
No tenía la menor idea.
Porque una cosa era querer un tatuaje.
Y otra muy distinta era descubrir qué quería llevar dibujado en la piel durante el resto de mi existencia.
Empecé a mirar Pinterest
Flores.
Mariposas.
Colibríes.
Frases en inglés que probablemente significaban cualquier cosa.
Mandalas.
Plumas.
Todo era bonito... pero nada era mío.
Entonces entendí que no estaba buscando un dibujo.
Estaba buscando una historia.
Así que llegué a mi casa, prendí el computador, saqué una hoja, un lápiz y empecé a dibujar.
Después de varias intentos y de borrar, cambiar líneas y pelear con mi escaso talento artístico, apareció.
No era perfecto.
Pero era mío.
Tenía exactamente lo que quería decir.
Y por primera vez, el problema dejó de ser dónde iba a ponerlo.
Porque antes de encontrar un rincón del cuerpo donde la gravedad demorara unos años más en hacer de las suyas, tenía que encontrar algo que realmente valiera la pena llevar conmigo.
El tatuaje puede esperar.
Las buenas ideas no conviene apurarlas.
Además, siendo completamente honesta, todavía sigo haciendo estudios topográficos para encontrar un lugar donde el diseño no termine pareciendo una cuncuna dentro de veinte años.
Porque el tiempo pasa.
La piel cambia.
La gravedad trabaja horas extras.
Pero las ganas de seguir inventándome también.
Y eso, por suerte, todavía no se arruga.
Así que el diseño quedó listo.
Guardado.
Esperando el momento correcto.
Porque después de los cincuenta una aprende algo maravilloso.
Ya no hace las cosas por impulso.
Las hace cuando realmente tienen sentido.
...o cuando por fin encuentra un pedazo de piel que inspire suficiente confianza, pegado al hueso y que no se arrugue
¡Salud! 🍷



Comentarios
Publicar un comentario