Cincuenta sombras de la dominatriz improvisada
Yo, en un instante de absoluta y cuestionable lucidez, acepté una propuesta para convertirme en dominadora... una dominatriz principiante con nula experiencia y un par de tacos altos que amenazaban con destruirme los tobillos.
Todo comenzó una tarde cualquiera, tomando café y arreglando el mundo.
—Tengo que proponerte algo —me dijo él, con esa mirada de negociador internacional.
Regla de oro: cada vez que un hombre comienza una frase con esas palabras, una debería pagar la cuenta y salir corriendo.
Pero no. Yo me quedé, impulsada por esa curiosidad destructiva que nos caracteriza a las mujeres maduras y debo confesar que en mi cabeza alguna vez pasó esta idea pero no tuve con quien jugar.
Resultó que su gran idea incluía una dinámica de dominación y sumisión.
Nada extremo, nada al estilo Hollywood con cadenas oxidadas, ni nada que requiriera llamar a los bomberos o a la Cruz Roja.
Solo una experiencia basada en la confianza, el humor, un par de implementos de cuero con chasquilla y, según sus propias palabras, "mi evidente y natural capacidad para dar órdenes".
Yo, que llevo más de dos décadas perfeccionando el tono de voz para frases como "¿Quién dejó esta taza sucia al lado del lavaplatos?" y "¿Por qué el rollo de papel higiénico no se cambia solo?", tuve que reconocer que currículum no me faltaba.
Tenía años de entrenamiento en el arte del mando doméstico, pero otra cosa era asumir el rol dominante full.
Tras varias conversaciones sobre límites, muchos acuerdos qued deberian haber quedad por escrito y risas nerviosas, llegó el gran día. Como toda profesional de la improvisación, decidí que la ocasión exigía un atuendo a la altura.
Hoce un par de compras , porque una no tiene a la mano implementos para una transformación de esa índole. Así apareció el conjunto negro de cuero de mentiras: medias caladas, tacos imposibles pero pucha que se veía bien la pierna.
El negro otorga autoridad instantánea, mas con un latigo en la mano.
Una se pone un atuendo así y automáticamente siente que puede dirigir una multinacional, liderar una expedición al Everest o someter a un hombre adulto que decidió voluntariamente obedecer instrucciones.
Con un moño tan apretado que me hacía un lifting facial gratuito y hasta me veía mas joven. Frente al espejo del baño, practiqué mi repertorio con mirada de villana de telenovela:
—Siéntate.
—Levántate.
—No hables.
—Chúpame!!!
La última era, claramente, la orden ejecutiva más importante de toda la jornada. La que no aceptaba apelaciones en el tribunal.
Cuando entré en la escena, mi supuesto sometido ya se encontraba en una posición que dejaba ver lugares inospitos.., la realidad me golpeó: estaba nerviosa y excitada tambien...
Él parecía haber estudiado un manual técnico de tres tomos; venía mentalizado, enfocado, se notaba su experiencia en estos juegos y se veía que disfrutaba mucho.
Yo no lograba entrar aún en el juego de roles y me sentía hasta torpe, pero miraba la escena, el me decía cosas que incluían las palabras "Ama" y "Mi Señora". Eso, debo reconocer que ayudó mucho, tragué saliva, agarré fuerte el asunto con chasquilla y lo azote sobre un sillón y decidí actuar con la seguridad de una diva.
—Muy bien
—dije con mi mejor voz de mando.
Funcionó. Al menos durante gloriosos treinta segundos.
Porque inmediatamente después, mi cerebro maduro sufrió un cortocircuito y olvidé por completo qué diablos venía a continuación.
Hubo un silencio sepulcral.
Él me miró desde abajo esperando el castigo. Yo lo miré a él buscando inspiración en su cara.
Finalmente, rompiendo toda la mística sexual, suspiré y dije:
—Recuerda quién tiene el control aquí!!!. Y así comenzó mi breve, caótica pero memorable carrera en el BDSM artesanal.
Descubrí que dar órdenes eróticas parece facilísimo en la mente, pero ejecutarla sin trabarse la lengua es un arte. También aprendí que mantener la cara de mala es casi imposible cuando descubres que te gusta y que la otra persona disfruta del juego y que tambien está haciendo un esfuerzo sobrehumano por parecer intimidada.
Lo mejor de la experiencia fue entender que detrás de estas dinámicas existe algo mucho menos dramático de lo que muestran las películas: hay confianza absoluta, comunicación fluida y una capacidad enorme para reírse de uno mismo.
La verdad es que yo no me sentía como una temible reina de las sombras dominando un calabozo; me sentía como una mujer de cincuenta y tantos intentando parecer misteriosa mientras balanceaba el equilibrio en tacos, intentaba no salirme del papel y luchaba contra el impulso maternal de preguntarle: "¿Te duele?,
¿estás cómodo?,
¿quieres un cojín para las rodillas?".
¿Y mi compañero? Un caballero paciente, colaborador y extraordinariamente comprometido con la causa. Estaba disfrutando la experiencia muchísimo.
Tan comprometido, de hecho, que por momentos parecía que me estaba dirigiendo la obra: era más él ayudándome a ser una dominadora convincente que yo dominando nada.
Al final de la jornada, entre risas y con los zapatos arrojados a un rincón, llegamos a una conclusión muy sencilla: la experiencia había sido divertida, liberadora y sorprendentemente cómica.
No me convertí en una leyenda del látigo.
No conquisté imperios ni inspiré temor en las masas.
Pero descubrí que a cualquier edad es posible romper la rutina, probar cosas nuevas, reírse a carcajadas y acumular historias que jamás imaginaste que contarías en un café.
Y eso, queridas lectoras de "50 y Contando", ya es una victoria absoluta.
Aunque, viéndolo en perspectiva, sigo firme en que mi mejor y más firme orden de la tarde fue:
—Chúpame.
Porque hay jerarquías que, a los cincuenta, nunca deben perderse.
Salud 🍷



Comentarios
Publicar un comentario