El Hombre Ideal... Solo Para Mí
Durante años pensé que sabía exactamente cómo era el hombre ideal.
Después me casé.
Después me divorcié.
Después salí con varios especímenes dignos de estudio científico.
Y finalmente entendí que el problema no era que yo no supiera lo que quería.
El problema era que estaba buscando cosas equivocadas.
Cuando era más joven quería un hombre guapo.
Ahora también.
No voy a venir a esta edad a hacerme la elevada espiritualmente.
Pero ya no necesito que parezca actor de Hollywood. Con que sus fotos sean de este siglo y se parezca a ellas cuando llegue a la cita, partimos bien.
También quería un hombre exitoso.
Y sigo valorando eso.
Pero ya no hablo de plata.
Hablo de alguien que tenga su vida medianamente resuelta.
Que no viva peleando con el mundo.
Que no culpe a la ex, al gobierno, a la infancia, a Mercurio retrógrado y al perro del vecino por cada problema que tiene.
Un hombre adulto.
Parece poco.
No lo es.
El hombre ideal para mí tendría sentido del humor.
Mucho.
Porque después de los cincuenta el cuerpo hace cosas raras, hace sonidos raros en momentos inoportunos, la memoria falla a veces y las rodillas empiezan a sonar como bolsa de cabritas.
Si no podemos reírnos de eso, estamos fritos.
Necesito un hombre que entienda que el amor no es solemnidad permanente.
Que se pueda hablar de la vida.
Pero también de tonteras.
Que pueda escuchar una conversación profunda sobre el sentido de la existencia y cinco minutos después discutir seriamente cuál es el mejor pan para la once.
El hombre ideal tendría independencia.
Porque yo también la tengo.
No quiero un hijo adicional.
Ni un supervisor emocional.
Ni alguien que necesite reportes diarios de actividades.
Ya cumplí años suficientes para no pedir permiso.
Y no pienso volver atrás.
Quiero alguien que tenga amigos, proyectos, intereses y vida propia.
Y que entienda que yo también los tengo.
Que no se asuste si un sábado quiero salir.
Y que tampoco se ofenda si otro sábado quiero quedarme en pijama viendo una serie coreana mientras tomo una copa de vino.
El hombre ideal sabría conversar.
No solo hablar.
Conversar.
Escuchar sin estar esperando su turno para responder.
Preguntar por interés real.
Recordar detalles.
Porque seamos sinceras.
Después de cierta edad, un hombre que escucha atentamente resulta más atractivo que uno con abdominales.
Y bastante más difícil de encontrar.
También tendría inteligencia emocional.
Esa cosa maravillosa que permite resolver conflictos sin desaparecer tres días, bloquear personas o actuar como adolescente castigado.
Un hombre capaz de decir:
—Me equivoqué.
O:
—Entiendo cómo te sientes.
O incluso:
—Conversemos.
Palabras simples.
Pero más escasas que un huemul.
No necesito un hombre perfecto.
Dios me libre.
Los perfectos son agotadores.
Necesito uno auténtico.
Que tenga defectos.
Que ronque un poco. eso si!!
Que olvide algunas cosas.
Que tenga historias, cicatrices y errores.
Porque yo también los tengo.
Lo único que no quiero es convertirme en su terapeuta, su madre, su administradora o su proyecto de rehabilitación emocional.
A esta altura de la vida, cada uno debería llegar medianamente ensamblado.
Y quizás lo más importante de todo...
El hombre ideal tendría que aportar tranquilidad.
No mariposas.
Las mariposas son bonitas, pero generan ansiedad y se rompen fácil.
Yo ya tuve suficiente ansiedad.
Prefiero paz.
Prefiero esa sensación de llegar a casa y sentir alivio en lugar de incertidumbre.
Prefiero alguien que me haga la vida más fácil, más entretenida y más liviana.
Porque después de todo lo vivido, descubrí algo que nadie me enseñó cuando era joven.
El amor no debería sentirse como una batalla que ganar.
Debería sentirse como llegar a casa después de un día largo, sacarse los zapatos, servirse una copa de vino y pensar:
—Qué bueno que estás aquí.
Y si ese hombre existe, maravilloso. Dónde está???!!!
Y si no existe...
Bueno.
Tengo una casa tranquila, una vida que me gusta, hijas maravillosas, proyectos pendientes y una copa esperando en la cocina.
Así que tampoco estoy tan mal.
¡Salud! 🍷



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